Las manos de mi esposo

Desde el momento en que le conocí le miré a los ojos, preciosos y verdes y a sus manos, algo que me enamoró desde ese momento. Dedos largos, pero hablar, no hablaba mucho. Sentir sus manos en mí era una delicia. Su mano en mi hombro, su mano en mi mejilla, su mano en mi cuello, su mano en mi cuerpo, su mano en mi mano. Recuerdo que le miraba cuando se ponía con los hijos a jugar o a enseñarle cómo se tenía que coger el lápiz o los cubiertos o, simplemente, verlo coger un libro y ver cómo pasaba las hojas. Nos sentábamos uno al lado del otro en el salón de casa o en el cine o en el avión cuando viajábamos y sentir su mano me daba paz. Poner mi cabeza en su pecho y notar cómo me acariciaba o metía su mano en mi pelo, me daba cosquilleo.

Quisiera saber pintar para pintar sus manos y poner esa pintura en la cabecera de la cama. Cuando murió, al sacarle la alianza matrimonial, rocé sus dedos inertes y le apretujé. Se me fue y aún siento ese roce suyo. Anoche soñé con él y me vino esto a la memoria. ¡Manos inolvidables que me dieron vida! Ahora me siento sola porque no tengo tu compañía, cuando te oía gritar me decía a mí misma “estoy harta de ti, me estás gritando siempre pero ahora no siento tu ruido, lloro mirando el muro de nuestra habitación, voy viviendo con tu sombra que me va acompañando”. Cuando estabas en vida me pusiste estrellas, Marte, la tierra y la luna en el techo para recordar que estás siempre cerca de mí.

Ahora que ya aquí no estás grito menos, porque como tú eras sordo, ahora yo no necesito gritar pero continuo recibiendo tus regalos que siempre me estás dando y yo voy recibiendo y pidiendo a Dios que nos encontremos allá arriba, pienso que allá habrá paz porque no puedes gritar ya que habrá testigos y tú verás, espero donde estés que siempre “me encuadres” con la luz porque cuando estábamos juntos tú decías que no me podías “cuadrar” que quiere decir que no me soportabas, pero cuando te miro los ojos y tú miras los míos, los tuyos verdes y los míos castaños, verás que viviremos juntos muchos años.

Como puedes ver que el amor es exquisito, tanto se dan besos como gritos estás harto de mí y yo de ti también. Pero diez minutos después ya estaba todo bien para ver qué bueno es el amor para quien lo tiene, yo puedo decir que yo sin amor no puedo vivir y no soy nadie, soy como las aves que caen del nido, ahora que te fuiste me falta tu cariño. Espera un poco, estoy escribiéndote un poema de amor. Dentro de poco estoy en camino, ni yo nunca más dejaré de mirar los ojos verdes, ni tú los castaños, si no nos encontramos más verás que, sin mi amor, será extraño.

© Francelina Robin