El tiempo pasado y el presente

Ahora sólo hay nostalgia y aumenta con la edad. El tiempo, con tanto recuerdo de una navidad que me mató, el resto de mi vida quedó más triste, pues persiste el recuerdo de aquellos que aquí ya no están y de aquellos que me destruyeron.

No soy aquello que los otros saben sobre mí, pero aquello que de mí yo quiero que ellos piensen, porque antes de mí, de mi ser, de mis voluntades, de mi querer, de mi sueño, etc. está aquello que creo o pienso que los otros quieren de mí, sin preocuparme con aquello que realmente importa, ¡YO! Me dejé o me fui dejando apagar en aquello que ya fui para que los demás me creyesen. Pensando que así yo les agradaría más y que me harían pertenecer a sus círculos, a sus vidas, sin haberme dado cuenta de que en el fondo fui perdiendo mi esencia, mi personalidad real y, con eso, fui dejando de ser yo, de existir como persona para pasar a ser una sombra de mi existencia, como si un fantasma vivo en mi vida que casi ya ni si quiera me pertenecía.

Fui dejando de ser, de existir, de suceder, de creer, de soñar y hasta, incluso, de pensar para ser casi automática de lo que los otros querían, como jurándoles fidelidad eterna, sin querer saber más sobre mis voluntades o sentimientos y, cuando por fin percibí, de la forma más cruel, que en realidad ellos nada de mí querían, desperté en el desierto en el que me encontraba, que fuera dejado sin nadie, sin nada, pero principalmente y peor todavía, sin mí, sin mi ser, sin norte o rumbo que seguir, por lo tanto, haber desistido de mí en la piel de otros, que aquí acabarán por dejarme sola…hasta de mí. Lo importante es que estamos vivos y andamos por aquí, pues estar bien o mal y apoco importa. Solo por los momentos que hasta este momento aquí viví, valió la pena, pues incluso con mucha pena, todos e soporta.

Olvidamos muchas veces que la vida es pasajera, que hoy estamos mal pero mañana no lo sabemos, pues dar felicidad al otro y ser felices es la forma verdadera de aprovechar el tiempo que nos fue dado y aquél que tenemos desde que nacemos el día y la hora está marcada. Perdemos muchas veces la oportunidad de ser felices, de hacernos el bien y de dar a nuestra vida los mejores matices, de forma que podamos transmitir a otros corazones la felicidad. Para eso, debemos reservar algún tiempo para pensar en nosotros, admirar el paisaje y a quien nos rodea y ver que no estamos solos y apreciar este mundo, su encanto e invertir lo inhumano de los de fuera y de la familia.

Qué tristeza, a veces, por una palabra mal dicha, tantos gritos e hasta poder decir “no creo, mi Dios, pero dime ¿Qué hice yo en mi vida? Si desde que vine al mundo soy destruida de principio a fin”. Cuando siempre hice todo para ser amada y apreciada, trabajé, luché hasta destruir mi cuerpo, para ser servicial en todos los términos de la vida y, ahora, me veo sola. Qué triste es la vida, no me faltaba más que tener sufrimiento para terminar al fin de mis días sin salud. Destruirme por tantos dolores, mi Dios, te ofrezco mis penas y mi tristeza, mi sufrimiento y si hay malentendidos, perdóname, me ofrezco todo lo que tengo por mis pecados, mi Dios, lo ofrezco. Ya no sé quién soy, quién fui, lo que queda de mí, o para dónde pondré ir, apenas sé que existo porque todavía vivo, todavía voy donde ni sé si quiero ir, pero, peor que todo eso, todavía siento, todavía me emociono ni sé bien con qué, pero sé que las cosas, lo que me dicen o las personas tienen reflejo en mí y en mi sentir.

Y, no obstante, ya tan extraño es ser yo, perdida en ese laberinto en que mi mente se volvió inmersa en pensamientos que la pueblan a cada segundo de todos los minutos de las horas del día y que, en el fondo, en su génesis, no tiene ningún sentido, dudas que no pensaba que iba a tener y eso me asusta, me causa pavor, pues nunca sé dónde van a parar las alas de mis ideas sueltas mi consciente o en mi subconsciente. Es como saber quién soy y de nada olvidar sobre mí, de que existo, o que alguna vez existí en este mundo, como si más no fuese que una sombra o un fantasma de la persona que se calló ni llegué a ser y que podría haber sido, pero me fui dejando arrastrar por la multitud de mis días, tantos ellos son que perdí la cuenta. Las cuentas deshechas de tantas vivencias que no consigo evocar por más que lo intente, acabando por volverse cada una como granos de arena deslizándose por los dedos, volando sueltas en el viento de mis ilusiones.

Ya no soy yo, ni lo que de mi queda, ya soy aquello que los días que me quedan quisieran que fuese, perdida, sin regreso, en mí.

© Francelina Robin